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Crónica de las fiestas de Santiago en 1910

Muy cercanas ya las fiestas de Santiago Apóstol, rescatamos esta crónica agridulce que de ellas hizo cien años atrás el ilustre letrado macoterano Gorgonio Bueno Jiménez, juez municipal de Salamanca

Sebastián García Hernández | 08/07/2010
Tiene sus ribetes de aristócrata y sus aires de gran señora, esta fértil y risueña villa de la Puebla de Santiago, o de Santiago de la Puebla.

Son sus naturales bondadosos y sencillos, como de la buena cepa castellana, pero dentro de su natural bondad esconden un altivo resabio de su pasada alcurnia.

No ha podido borrar la civilización de varios siglos, recuerdos de los tiempos medievales, que han echado profundas raíces en muchos pueblos de Castilla.

Dentro de cada uno de estos humildes lugareños hallaréis siempre el viejo solariego adherido firmemente a los terruños del señor.

Esta misma iglesia de Santiago presenta por su aspecto externo todos los caracteres de un verdadero castillo feudal. Parece que se va a columbrar sobre sus almenas la silueta del fiel servidor del fijodalgo, que inquiere con ojo avizor todas las sendas que al castillo conducen, y por las que no tardará en verse aparecer de regreso de sus correrías al señor que goza al igual que los monarcas, de los privilegios de fonsadera e yantare.

Por lo demás, este pueblo es eminentemente agricultor.

No han logrado abrir brecha en sus morigeradas costumbres, ni malos hábitos extraños, ni perniciosos aires de fuera.

De desear sería que la paz y el sosiego públicos, que éste, como otros muchos pueblos disfrutan, no llegase jamás a turbarse ni con zambras políticas, ni con fiestas taurinas, los dos únicos espectáculos que logran hacer salir de sus casillas a estos buenos labriegos.

Mientras se me ocurren estas consideraciones, voy camino de la plaza, para penetrar en la cual tengo que escalar una muralla de carros.

Imposible hallar acomodo en ninguna parte.

El sol congestiona, pero no es capaz para hacer abandonar sus puestos a la multitud de hombres y mujeres que en abigarrado y revuelto montón se hacinan sobre las carretas, aguantando horas y horas con paciencia a que jamás estuvo expuesto Job, a que la capea principie.

Otras muchas colocadas en cuclillas y en el espacio que dejan libre ambas ruedas, soportan con resignación mahometana, al mismo tiempo que las caricias de los salientes rollos del empedrado que desuellan la epidermis, las humedades, si poco decorosas, hasta cierto punto disculpables, y otros mil naturales desahogos de los espectadores de arriba.

Un amigo me invita a ocupar un lugar en un carro; yo huyo espantado, prefiriendo mil veces soportar la acometida de un morucho en pleno ruedo, antes que los apechugones y otras molestas intimidades de aquella caravana que se tuesta al sol.

Pero en la plaza es aún más peligroso el resignarse a permanecer; centenares de espectadores armados de ahijadas y palos que enarbolan en mil contorsiones diversas, son una amenaza más temible que las finas astas de los becerros. Alguien me hace señas desde el balcón consistorial, que está para reventar de gozo con todas las eminencias del pueblo, allí a duras penas contenidas.

Veo el cielo abierto. Allá me dirijo como a puerto de salvación, pero a la misma entrada me hace retroceder el primer novillo de la tarde, que sale bramando por los oscuros corredores concejiles y pasa casi rozándome con los pitones.

El ilustre Ayuntamiento, la muy honorable casa del pueblo, está convertida en un encerradero de reses bravas. ¡Todo sea en honor del sublime arte de Cuchareta!.

Me resigno a quedarme en la plaza. A ello me anima el ver en la puerta misma del Ayuntamiento al propio señor alcalde, que estará tal vez sufriendo las de Caín al ver aquella irrupción de concejales de nuevo cuño, a los que no puede traer al orden.

En un rincón de la propia estancia concejil, he visto sucios y pisoteados varios legajos de papeles; y cuál no sería mi sorpresa al hallar entre ellos la última disposición anti-taurófila de Lacierva. A guisa de trapo, alguno los agita ante el morrillo de las reses, y éstas arremeten furiosas, propinando sustos y carreras.

El novillo capeado en tercer lugar, acomete a un espectador que tranquilamente presenciaba la fiesta encaramado sobre la rueda de un carro, arrojándolo al suelo y produciéndole una profunda herida en el muslo izquierdo.

El herido, que es un pobre jornalero, es trasladado al Hospital próximo.

Su estado parece ser que no es grave. Así lo dicen los médicos señores García y Trapero, que le practican la primera cura.

En la plaza quedan frescas señales de un enorme reguero de sangre.

La fiera es retirada al corral.

La otra ruge y grita pidiendo la continuación de la fiesta.

Se abre la puerta del Ayuntamiento y salen —no sé si del mismo salón de sesiones — hasta cuatro vacas, una a continuación de otra, pugnando todas por huir de aquella multitud que las incita, las acosa y hasta las apalea.

¡Por fin! termina la fiesta en medio del mayor entusiasmo.

Antes de hacer punto final, he de permitirme presentar a los lectores a dos buenos amigos: don Vicente Hernández, joven médico, emparentado con la familia Méndez, una de las más distinguidas de esta localidad, y a don Salustiano Sánchez, un farmacéutico que vale lo menos dos, créame lector.

Gorgonio Bueno Jiménez
2 de agosto de 1910
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